
En reciente artículo, publicado en la edición dominical del diario "El Nuevo Día", el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá hace una fuerte expresión en contra de los abogados puertorriqueños. Dice el novelista: "Siempre supe que la peor contaminación de Puerto Rico son los abogados". No voy a entrar en controversia con Rodríguez Juliá en cuanto a esa expresión ya que, aunque soy abogado, mi opinión sobre la manera como esa profesión es practicada por ciertos abogados en Puerto Rico, no dista mucho de lo expresado por éste.
Sin embargo, no puedo dejar de hacer un par de observaciones sobre el escrito citado. En primer lugar, me parece que Rodríguez Juliá trajo a los abogados "por el pelo" a su escrito. Parece que el título del artículo, "El coraje", lo llenaba todo cuando escribió, porque el sentido lógico del mismo es muy pobre. De forma incoherente salta de un asunto a otro y así descarga su coraje contra los abogados. Tal vez es contra uno sólo. Lo sabrá él. Pero esta observación no es la principal, ni la más importante. Después de todo, lamentablemente, la escritura de Rodríguez Juliá no ha tenido muchos momentos de brillantez en los últimos tiempos.
Lo que de verdad me preocupa del artículo en cuestión es que, de manera torpemente solapada, le da un espaldarazo a la pena de muerte. Haciéndose eco de los argumentos más irracionales de los sectores ultraconservadores y retrógrados de nuestra sociedad, Rodríguez Juliá descarga contra abogados, trabajadores sociales y, hasta contra Doña Trina Rivera! A ese ritmo, pronto lo veremos en alianza con De Castro Font y el pastor Font en defensa del sagrado matrimonio heterosexual.
Pero ya dejemos al novelista que de momento se nos ha movido muy a la derecha. Confiamos en que sólo sea un momentáneo desvarío producto del coraje. Vamos al verdadero tema de esta entrada(será un nuevo género literario la "entrada" en una bitácora?). Los abogados. Confieso que la idea de este tema me surgió al leer el artículo de Rodríguez Juliá. Como dije anteriormente, mi opinión sobre la práctica de la profesión legal en Puerto Rico no dista mucho de la expresada por él. Sólo que mientras Rodríguez Juliá generaliza y se refiere a la profesión en sí, pienso que en nuestra sociedad la práctica de la abogacía se ha democratizado tanto que, al igual que en muchas otras instancias, encontramos un gran número de miembros de esta profesión que ven y buscan en ella una fuente de jugosos ingresos, una manera de allegarse a los centros de poder y de obtener prestigio y privilegios. Éstos son los que promueven la imagen de deterioro de la profesión que sirve de base a opiniones como la expresada por Rodríguez Juliá.
Mi experiencia en los tribunales del país me ha puesto en contacto con muchos miembros de esta especie. Debo ser honrado y decir que conozco a muchos más que no comparten esa actitud. Sin embargo, tengo la impresión de que cada vez más aquéllos van en aumento.
Esa actitud de sectores de la profesión legal es una manifestación más del grave deterioro de la sociedad puertorriqueña. No sólo los abogados, dentro del sistema de justicia, son partícipes de esta situación. En todo el sistema, desde sus mismas bases filosóficas, permea la actitud de que el derecho es un proceso técnico que hay que cumplir al dedillo. Si al final se impartió justicia, muy bien; si no," la ley es la ley". No importa si sabemos que el conductor de un vehículo que atropelló a media docena de peatones estaba borracho hasta la inconsciencia: hay que buscar una falla técnica, un resquicio factual por donde lograr un veredicto de no culpabilidad. Ése es el Derecho. El Derecho, tal vez. La Justicia, jamás. Lo mismo puede ocurrir con lo que se considera un fin público a los fines de expropiar, mejor dicho, arrebatar a una comunidad de obreros sus tierras para construir residencias que ellos jamás podrán adquirir. Y siempre habrá abogados listos para llevar a cabo esas tareas. O con la de emplear miles de trucos para que un macharrán cualquiera se salga con la suya y no le abone a sus hijos la pensión que sus ingresos le permiten pagar pero que no quiere hacer por venganza contra la madre de éstos.
Sé que lo que estoy diciendo puede acarrear consecuencias. Por lo menos, me puede traer señalamientos de ignorancia acerca de cuál es el rol de un abogado en esta sociedad. No importa. Mi ignorancia nace del conocimiento. Por eso es sólida e inamovible.
Respeto la esencia de la abogacía("no hay esencias", repetía mi profesora Madeline Román). He tenido logros en la defensa de derechos de personas desventajadas que me han producido gran satisfacción. Pero, luego de una reflexión ponderada, tengo que suscribir las palabras de Nemesio Canales cuando abandonó la profesión legal para marchar a Caracas a dirigir la revista CUASIMODO:"Yo no nací para abogado, si es que hay gentes que nacen para abogados...que yo creo que sí. Como abogado, mi opinión personalísima es que yo era uno de tantos. Las cuestiones de derecho, ni me entusiasmaban ni me preocupaban. Por encima de ellas me preocupaban y me entusiasmaban otras cosas: esas variadas, infinitas cosas que le arañan los nervios al poeta, al músico, al bandido, al santo, al financiero, al pintor, al filósofo, a todos los que viven el drama universal. La vida-la verdadera- la grande, la eterna-, no la de ayer, ni la de mañana, sino la de hoy, la de ahora:la vida del viejo, del niño; del rico, del pobre; de la mujer, del hombre; y hasta del animal y la hoja; la vida mugrienta, escuálida, haraposa, llagada y asqueante del trabajador, y la vida lozana, opulenta, ruidosa, gentil y radiante del parásito social:todo, en fin, lo que compone el anhelar y el zumbido de la colmena humana, me exaltaba, me embriagaba, me azotaba, me crispaba... me echaba del bufete. Y salté sobre mí mismo, cerré mi bufete, dije adiós, oí y desdeñé sanos y sapientes consejos, eché a andar...Y aquí estoy".
!Cuánto anhelo poder hacer como Canales! Pero ya es un poco tarde...
Desde adentro, pues, daré las mismas batallas y procuraré atender las cosas que, como a Canales, me preocupan y me entusiasman. Sin perder la esperanza de que yo también, algún día. saltaré sobre mí mismo, cerraré mi bufete, diré adiós y echaré a andar.
