—Yo amé a un hijo de puta—
La violencia de género y el abuso contra
las mujeres no es un problema reciente de la sociedad puertorriqueña.
Históricamente, han sido miles las mujeres víctimas de dicha conducta, formada
básicamente por factores culturales, aunque sabemos que el mismo constituye un
grave problema de salud mental. De hecho, insisto, dicho problema tiene
fundamentalmente su origen en factores socio-culturales, muchos de ellos
surgidos en el seno de la institución dentro de la cual nos incorporamos a la
sociedad: La familia.
Sin embargo, en los meses recientes hemos
visto un incremento muy preocupante del problema de la violencia de
género. Recientemente la prensa destacó el dato de que el pasado se reportará
más de 8,400 casos de violencia de género. Recalco: se reportaron. Sin duda, la
cantidad de casos ocurridos fue mucho mayor ya que una gran cantidad de los
mismos no se informan.
En la edición del 12 de julio de 2018, el
diario Primero Hora ofrece un breve resumen de las muertes por violencia de
género durante el presente año. Hasta el 3 de julio se habían informado un
total de 10 asesinatos de mujeres. A esto hay que sumar el asesinato de varios
menores y el suicidio de algunos de los autores de los mismos.
Por otro lado, el acoso sexual por parte
de funcionarios y ejecutivos del gobierno ha acaparado los titulares de la
prensa durante el presente año, quedando en nada las acusaciones en muchos de
esos casos.
La situación ha llegado a tal punto que el
aumento en los casos de violencia doméstica, agresiones sexuales y
hostigamiento ha motivado que la coordinadora Paz para las Mujeres, colectivo
que reúne 34 entidades feministas en cuya agenda figura, de manera prominente,
la erradicación de la violencia de género y la agresión sexual en Puerto Rico.
Estas se reunieron para examinar esta situación y acordaron declarar una Crisis
Nacional para las Mujeres.
No tengo la menor duda de que dicha crisis
es real. Las estadísticas son claras pero, como señalé anteriormente, la
mismas va mucho más allá de los números.
Si buscamos el origen de las raíces de
este grave problema social, nos remontamos a los mismos inicios de la sociedad
y la cultura puertorriqueña. Ya la cultura de los colonizadores españoles traía
consigo la visión que pasó a formar parte de la personalidad de ese nuevo ente
llamado "cultura puertorriqueña". Luego de la invasión estadounidense
de 1898 y ya con el desarrollo del capitalismo en el siglo 20, aunque hubo
algunas áreas en las cuales las mujeres comenzaron a obtener ciertos derechos
gracias a sus reclamos y luchar, aún siguió-y sigue-persistiendo con amplios
sectores de la población masculina ideas sexistas y machistas que los impulsan
a ejercer poder sobre las mujeres. Y, lamentablemente, muchas mujeres aceptan
dichas manifestaciones por considerarlas "correctas".
A pesar de que diversas organizaciones
feministas, sobre todo a partir de la década de 1970, se han manifestado
militantemente a favor de los derechos y la igualdad de las mujeres, la
reacción del Estado ha sido en términos generales, insuficiente. Entre otras
medidas, se aprobó la Ley 54 de 1989, dirigida a la prevención de la violencia
doméstica, se creó la Procuraduría de Asuntos de la Mujer y, más recientemente,
se aprobó la Ley número 59 de 2017, que entró en vigor el 1 de julio de 2018,
que ordena la creación a la Ley de Prevención e Intervención con la Violencia
Doméstica. El Departamento de Justicia ha informado que este registro ya se ha
establecido. Independientemente de que, en efecto, el registro se haya
establecido, no hay dudas de que el mismo no tendrá la efectividad señalada en
la ley habilitadora del mismo si las agencias a cargo no llevan a cabo su labor
con eficiencia y sin demoras. Y, además, si no hay una amplia y continua
campaña de orientación a todos los niveles, el registro tampoco tendrá la
efectividad necesaria para alcanzar su primer objetivo: la notable reducción de
la violencia de género.
Pero la responsabilidad del Estado va más
allá. La Legislatura, con la influencia de sectores religiosos
fundamentalistas, representados en varios legisladores, lograron erradicar la
educación para la equidad de género en nuestras escuelas. Nuestro sistema
educativo ignora totalmente la multiplicidad de estudios y trabajo de
investigación desde la perspectiva académica y científica, en materias como la
Sociología y la Psicología que prueban ampliamente los fundamentos de origen
sociocultura y conductuales de la violencia de género. Sin embargo, nuestro
sistema escolar rechaza cualquier acercamiento a la doctrina de equidad de
género motivado exclusivamente por una ideología religiosa fundamentalista que
cada vez más va siendo echada a un lado por diversas sociedades del planeta.
Es dentro de ese panorama tan que la
psicóloga y consejera en rehabilitación, Norma "Lisa" Rosa Muñoz,
publica un texto con el resonante título Yo amé a un hijo de puta
(2018), Publicaciones Gaviota, San Juan, Puerto Rico. Este libro ofrece un
recorrido por una serie de casos de violencia doméstica o de género, historias
reales ocurridas en el seno de la sociedad puertorriqueña, algunas de las
cuales finalizan con la muerte de la víctima y muchas otras con una vida
destrozada emocionalmente.
Yo amé a un hijo de puta no es un texto
científico, ni pretende serlo. La autora lo describe como una herramienta
dirigida a provocar una toma de conciencia en todas las mujeres,
particularmente en las que han sido víctimas de maltrato por parte de su pareja
o expareja. Es decir, ella lo proyecta como un libro de autoayuda que le
permita a la mujer escapar de la violencia doméstica de la que ha sido o
es víctima o prevenir su caída en ese proceso que la privará de su libertada,
de su dignidad y, muy probablemente, de su seguridad física y hasta de su vida.
En este excelente texto la autora comienza
describiendo y definiendo al hombre a quien ella denomina "un hijo de
puta". Luego explica cómo éste es un fenómeno generalizado en diversas
partes del planeta. A continuación narra una serie de "historias de la
vida real", producto de una serie de entrevistas que la autora realizó a
diversas mujeres. La autora hace una pausa para narrar su experiencia personal
dentro del mundo de la violencia del hogar para, finalmente, dedicar los capítulos
finales al proceso de recuperación y reconstrucción de este terrible proceso de
la violencia doméstica, proveyendo y sugiriendo diversidad de técnicas y
estrategias dirigidas a la recuperación de la salud mental y emocional de la
mujer víctima de la violencia de parte de su pareja a expareja.
Dije anteriormente que éste no es un texto
científico. Es muy emotivo al definir el problema y su gestor, el "hijo de
puta". Sin dudas, totalmente subjetivo. No entra a examinar el trasfondo
socio-cultural de la conducta violenta y agresiva de esos individuos. Tampoco
entra al análisis de los problemas de salud mental que rodean al mismo.
Sencillamente, son "hijos de puta". Es a partir de esa exposición que
yo señalo que el libro no es un texto científico. Pero debo aclarar algo: la
autora no pretende que su libro tenga ese carácter. Y ahí radica el
principal mérito del mismo. Ante la situación terrible de violencia que ahí se
describe, Rosa Muñoz abre una amplia ventana ofreciendo a todas las mujeres
víctimas de dicha conducta una amplia luz de esperanza.
Las historias narradas en Yo amé a un
hijo de puta son intensas y estremecedoras. Casualmente conversaba hoy en
el Tribunal con una psicóloga profesional, con grado de Ph. D., antes de que
llamaran nuestro caso en torno a la Ley de Saludo Mental, cuando me solicitó
examinar mi copia del libro luego de mostrárselo y procedió a leer la primera
de las historias reales, la de Cristal, joven mujer asesinada por su esposo,
quien luego se suicidó, dejando huérfanos a sus tres hijos. La doctora leyó el
texto, me devolvió el libro y con una mirada y voz cargadas de emoción, me
expresó lo impresionada que la lectura la había dejado. En horas de la
tarde, en mi oficina, una cliente a quien entrevistaba, observó el libro y me
preguntó dónde lo podía comprar, pues presenció el programa televisivo en el
cual se entrevistó a la autora y se comentó el texto. Sin dudas, creo que
el objetivo de Norma "Lisa" Rosa Muñoz se alcanzará plenamente.
¡Ojalá que contribuya efectivamente a reducir
este grave problema!





