miércoles, 18 de julio de 2018

—Yo amé a un hijo de puta—

La violencia de género y el abuso contra las mujeres no es un problema reciente de la sociedad puertorriqueña. Históricamente, han sido miles las mujeres víctimas de dicha conducta, formada básicamente por factores culturales, aunque sabemos que el mismo constituye un grave problema de salud mental. De hecho, insisto, dicho problema tiene fundamentalmente su origen en factores socio-culturales, muchos de ellos surgidos en el seno de la institución dentro de la cual nos incorporamos a la sociedad: La familia.


Sin embargo, en los meses recientes hemos visto un incremento muy preocupante del problema de la violencia de género.  Recientemente la prensa destacó el dato de que el pasado se reportará más de 8,400 casos de violencia de género. Recalco: se reportaron. Sin duda, la cantidad de casos ocurridos fue mucho mayor ya que una gran cantidad de los mismos no se informan.

En la edición del 12 de julio de 2018, el diario Primero Hora ofrece un breve resumen de las muertes por violencia de género durante el presente año. Hasta el 3 de julio se habían informado un total de 10 asesinatos de mujeres. A esto hay que sumar el asesinato de varios menores y el suicidio de algunos de los autores de los mismos.

Por otro lado, el acoso sexual por parte de funcionarios y ejecutivos del gobierno ha acaparado los titulares de la prensa durante el presente año, quedando en nada las acusaciones en muchos de esos casos. 

La situación ha llegado a tal punto que el aumento en los casos de violencia doméstica, agresiones sexuales y hostigamiento ha motivado que la coordinadora Paz para las Mujeres, colectivo que reúne 34 entidades feministas en cuya agenda figura, de manera prominente, la erradicación de la violencia de género y la agresión sexual en Puerto Rico. Estas se reunieron para examinar esta situación y acordaron declarar una Crisis Nacional para las Mujeres. 

No tengo la menor duda de que dicha crisis es real.  Las estadísticas son claras pero, como señalé anteriormente, la mismas va mucho más allá de los números. 



Si buscamos el origen de las raíces de este grave problema social, nos remontamos a los mismos inicios de la sociedad y la cultura puertorriqueña. Ya la cultura de los colonizadores españoles traía consigo la visión que pasó a formar parte de la personalidad de ese nuevo ente llamado "cultura puertorriqueña". Luego de la invasión estadounidense de 1898 y ya con el desarrollo del capitalismo en el siglo 20, aunque hubo algunas áreas en las cuales las mujeres comenzaron a obtener ciertos derechos gracias a sus reclamos y luchar, aún siguió-y sigue-persistiendo con amplios sectores de la población masculina ideas sexistas y machistas que los impulsan a ejercer poder sobre las mujeres. Y, lamentablemente, muchas mujeres aceptan dichas manifestaciones por considerarlas "correctas". 

A pesar de que diversas organizaciones feministas, sobre todo a partir de la década de 1970, se han manifestado militantemente a favor de los derechos y la igualdad de las mujeres, la reacción del Estado ha sido en términos generales, insuficiente. Entre otras medidas, se aprobó la Ley 54 de 1989, dirigida a la prevención de la violencia doméstica, se creó la Procuraduría de Asuntos de la Mujer y, más recientemente, se aprobó la Ley número 59 de 2017, que entró en vigor el 1 de julio de 2018, que ordena la creación a la Ley de Prevención e Intervención con la Violencia Doméstica. El Departamento de Justicia ha informado que este registro ya se ha establecido. Independientemente de que, en efecto, el registro se haya establecido, no hay dudas de que el mismo no tendrá la efectividad señalada en la ley habilitadora del mismo si las agencias a cargo no llevan a cabo su labor con eficiencia y sin demoras. Y, además, si no hay una amplia y continua campaña de orientación a todos los niveles, el registro tampoco tendrá la efectividad necesaria para alcanzar su primer objetivo: la notable reducción de la violencia de género.

Pero la responsabilidad del Estado va más allá.  La Legislatura, con la influencia de sectores religiosos fundamentalistas, representados en varios legisladores, lograron erradicar la educación para la equidad de género en nuestras escuelas. Nuestro sistema educativo ignora totalmente la multiplicidad de estudios y trabajo de investigación desde la perspectiva académica y científica, en materias como la Sociología y la Psicología que prueban ampliamente los fundamentos de origen sociocultura y conductuales de la violencia de género. Sin embargo, nuestro sistema escolar rechaza cualquier acercamiento a la doctrina de equidad de género motivado exclusivamente por una ideología religiosa fundamentalista que cada vez más va siendo echada a un lado por diversas sociedades del planeta.

Es dentro de ese panorama tan que la psicóloga y consejera en rehabilitación, Norma "Lisa" Rosa Muñoz, publica un texto con el resonante título Yo amé a un hijo de puta (2018), Publicaciones Gaviota, San Juan, Puerto Rico. Este libro ofrece un recorrido por una serie de casos de violencia doméstica o de género, historias reales ocurridas en el seno de la sociedad puertorriqueña, algunas de las cuales finalizan con la muerte de la víctima y muchas otras con una vida destrozada emocionalmente.

Yo amé a un hijo de puta no es un texto científico, ni pretende serlo. La autora lo describe como una herramienta dirigida a provocar una toma de conciencia en todas las mujeres, particularmente en las que han sido víctimas de maltrato por parte de su pareja o expareja. Es decir, ella lo proyecta como un libro de autoayuda que le permita a la mujer escapar de la violencia doméstica de la que ha sido o es víctima o prevenir su caída en ese proceso que la privará de su libertada, de su dignidad y, muy probablemente, de su seguridad física y hasta de su vida.

En este excelente texto la autora comienza describiendo y definiendo al hombre a quien ella denomina "un hijo de puta". Luego explica cómo éste es un fenómeno generalizado en diversas partes del planeta. A continuación narra una serie de "historias de la vida real", producto de una serie de entrevistas que la autora realizó a diversas mujeres. La autora hace una pausa para narrar su experiencia personal dentro del mundo de la violencia del hogar para, finalmente, dedicar los capítulos finales al proceso de recuperación y reconstrucción de este terrible proceso de la violencia doméstica, proveyendo y sugiriendo diversidad de técnicas y estrategias dirigidas a la recuperación de la salud mental y emocional de la mujer víctima de la violencia de parte de su pareja a expareja.

Dije anteriormente que éste no es un texto científico. Es muy emotivo al definir el problema y su gestor, el "hijo de puta". Sin dudas, totalmente subjetivo. No entra a examinar el trasfondo socio-cultural de la conducta violenta y agresiva de esos individuos. Tampoco entra al análisis de los problemas de salud mental que rodean al mismo.  Sencillamente, son "hijos de puta". Es a partir de esa exposición que yo señalo que el libro no es un texto científico. Pero debo aclarar algo: la autora no pretende que su libro tenga ese carácter.  Y ahí radica el principal mérito del mismo. Ante la situación terrible de violencia que ahí se describe, Rosa Muñoz abre una amplia ventana ofreciendo a todas las mujeres víctimas de dicha conducta una amplia luz de esperanza.

Las historias narradas en Yo amé a un hijo de puta son intensas y estremecedoras. Casualmente conversaba hoy en el Tribunal con una psicóloga profesional, con grado de Ph. D., antes de que llamaran nuestro caso en torno a la Ley de Saludo Mental, cuando me solicitó examinar mi copia del libro luego de mostrárselo y procedió a leer la primera de las historias reales, la de Cristal, joven mujer asesinada por su esposo, quien luego se suicidó, dejando huérfanos a sus tres hijos. La doctora leyó el texto, me devolvió el libro y con una mirada y voz cargadas de emoción, me expresó lo impresionada que la lectura la había dejado.  En horas de la tarde, en mi oficina, una cliente a quien entrevistaba, observó el libro y me preguntó dónde lo podía comprar, pues presenció el programa televisivo en el cual se entrevistó a la autora y se comentó el texto.  Sin dudas, creo que el objetivo de Norma "Lisa" Rosa Muñoz se alcanzará plenamente.  ¡Ojalá que contribuya efectivamente a reducir este grave problema!






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